KURT VONNEGUT
16 nov 08
Hay un alboroto domesticado de motocicletas trenes de mercancías baterías antiaéreas y luego esas gotas como pasitos de bebé y más tarde carreras de perros y baba espesa que empapa el fuego y las chispas. Cierro la ventana y apuro el elixir, me adormezco bajo la lámpara y su crujiente luz azúcar encostrado en el fondo del vaso.
Imagen: Adolfo Marchena Texto: La Tuebis
De nuevo sobre la terraza
caen cuchillos herrumbrosos
como duros pinceles que trazan
el regreso de las amapolas.
(sobre el lienzo un reguero de caracoles)
Una vez más escojo este misterio
que me conduce a las marionetas
que hablan ríen sollozan buscan
tus lágrimas y los dioses.
No quiero perderme en la acústica
pero sé que tu verbo ahuyenta
manantiales de lava cuneiforme
y otorga transparencias
a mi vida, antes de que
el tiempo siembre su derrota.
Los ángeles esperan
en la cercanía de los cristales.
Una tardanza inclina la balanza
más allá del paraíso.
Somos la sombra y la leyenda.
Apartas la sábana y el pliegue
toca por dentro de los muslos.
Más suave que la pluma del candor
tu piel de lengua cercana a los abismos
donde reposa el reino de la danza.
El hacha que me mira tiene
huecos en las manos donde reposan
ciertas limaduras desenmascaradas.
Hechuras de otros tiempos
en que corrían por los campos
damas desnudas de la corte.
Y los caballeros nombrados de aguardiente
se apresuran a los ríos en búsqueda de cálices
y espadas que surjan de los lagos.
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Mi abuela continuó con el tema de la borrachera hasta que un rayo de su recuerdo le hizo olvidar y se trasladó a mi infancia. Aspectos que yo desconocía.
-¿Recuerdas tu infancia, Kurt?
-Sí, tengo buenos recuerdos. Ardillas, libélulas, el abuelo…
-El abuelo era un cabrón –me cortó.
-Pero abuela –me extrañó escuchar una palabrota en el pozo de su boca- no sabes lo que es una resaca y llamas cabrón al abuelo. Sigo diciendo que tengo un buen recuerdo.
-Ya lo has dicho. Eras un crío y él un egoísta. Hay demasiadas cosas que tú desconoces. Todavía sigues siendo un bobo.
-Tal vez lo sea toda mi vida, abuela.
-No digas tonterías, Kurt. Sé distinguir y tú eres inteligente desde muy pequeño –no sabía que existiesen categorías de inteligencia-. Depende de tí que sigas siendo un bobo o no.
-No sé, abuela, dicen que las personas inteligentes son las que más gilipolleces hacen.
-Habla mejor, Kurt. Pero tienes razón y además tus tíos te mimaron demasiado porque fuiste el primer sobrino varón. No conseguimos quitarte el chupete hasta los cinco años. Seguro que fumas a escondidas.
-No fumo a escondidas pero fumo.
-Pues si no te vemos es que fumas a escondidas y no me parece bien ni fumar ni nada. ¿Y sabes por qué tu madre y yo estamos disgustadas por lo de la borrachera? Tú sólo recuerdas lo bueno del abuelo. Pero bebía como un cosaco y no tenía esas resacas. No conocía esta palabra porque tu abuelo lo llamaba restringencias.
-Carajo, abuela, tuve una restringencia.
-No es para reírse, Kurt. Mira que te parto otra escoba en la cabeza. Tu abuelo tenía muy mal beber y se ponía muy violento. Ya te contaré lo que sucedió en la boda de tu tía Astrenca. Y en la guerra.
-Nunca me quiso hablar de la guerra, incluso cuando hice un trabajo en el colegio –le interrumpí.
-Así murió, Kurt, recordando todas las atrocidades que cometió. Así sufrió el cabrón. Yo siempre he sido tratascana y él rutaperros. Cuando ganaron la guerra ni siquiera podía mencionar la palabra tratascana ni hablar de mis ideas.
-Quieres decir, abuela…
-Sí, para mí fue un consuelo. Y te repito, Kurt, cuida, cuida eso que llevas dentro.
No sé si todavía he conseguido interpretar esa frase de mi abuela y, desde luego, desconocía que mi abuelo fuese un cabrón.
Habla la boca rota expulsa palabras como piezas dentales una a una y en mi recuerdo éstas se inflan como narices pellizcadas mutan de color como pedregosos hematomas acostada en la oscuridad palpo a diario tu soliloquio hasta que la aflicción se adormece.
Texto: Soledad Tuebis
Imagen: Adolfo Marchena
No hay nada sobre la mesa.
Quisiera que hubiese una mano,
una ciudad, un fuego apocado.
Tal vez restos de comida,
de un naufragio. Esta soledad
es como un cactus sediento
en porciones de sueños metálicos.
De un lado a otro la pared
tiene el color de los relojes
y la metamorfosis de las agujas,
esperando nuevamente la quimera,
el refugio, el fugitivo movimiento
de una cadera cuando llueven dudas.
Texto: Adolfo Marchena, extracto de "De lejos, la derrota"
Imagen: Adolfo Marchena
De fondo la retransmisión de un evento deportivo como amores despojados de fondo la cáscara del murmullo. Especulación en la memoria fantasía acuática del olvido oh, temores de la infancia un dios persigue nuestra norma. Texto e Imagen: Adolfo Marchena