Allí dijeron que crecían árboles frondosos y fuentes

incansables de agua, transparente como aliento convocado

tras la huída de la niebla. Y que una extraña planta de

aspecto nacarado producía el sueño de la verdad, con sólo

tomarla cruda, tan dulces sus hojas. Pues no basta con el

deseo para regresar sin el recuerdo de las lanzas. Que de

la herida brota una y otra vez la misma sangre. Un velo

cubre nuestros ojos. Es temprano para la partida y demasiado

tarde para el descanso. El ruido se extiende por laderas y

acantilados. Somos hombres que inmortalizan el ridículo

y derriban setos de alabastro. Oh, extraña sierpe de doce

ojos y afilada lengua. No es necesaria tu presencia para el

misterio, ni siquiera tu cavernosa voz para la muerte.

 

Texto: Adolfo Marchena de "El sueño de la razón"

Imagen: Adolfo Marchena

(*) Esquilo