Kurt y Geor aparcaron la nave espacial a las afueras de la ciudad flotante de Nandracova y se encaminaron hacia el centro. Un río de aguas tibias flanqueaba el oeste y observaron los primeros edificios pintados en azul y rojo, sin ventanas. La gente les miraba con curiosidad y esbozaban una sonrisa. Los más pequeños se carcajeaban y lloraban en caudales verdes.

-Todo el mundo parece feliz –dijo Kurt.

-Es cierto. Diría que en esta ciudad no rigen las leyes.

-¿Qué dice nuestro mapa de navegación?

-Sólo figura un asteroide, Nandrocova. Pero no dice nada acerca de la ciudad.

-Qué extraño. No te lo vas a creer, Geor, pero aquella anciana que siega el césped es mi abuela.

-Pero si tu abuela murió hace dos años. Recuerdo el funeral –de tal manera que llegaron hasta ella. Las personas no parecían tener misión ni profesión concreta. Anarquía sin estereotipos. La gente tomaba las cosas y éstas volvían a reproducirse al instante; algunos ociosos leían, otros fornicaban en las calles.

-También tienes que encontrarme aquí, no me dejarás tranquila ni muerta –le dijo su abuela.

-No era mi intencíón, abuela. Y se puede saber qué haces aquí. Se supone que moriste hace dos años.

-Y así fue, bien que te vi en el entierro. Te lo creas o no, contemplé ese túnel anaranjado del que tanto hablan y me trasladé, o me trasladaron, no lo sé, a este pedazo de cielo. Aquí vivimos los muertos, menos vosotros dos. No sé cómo habéis llegado.

-Yo os veo bien vivos. Si fuera como dices, abuela, cómo es que mi amigo y yo estamos hablando contigo.

-Atontao. Los vivos, si vienen con malas intenciones son fulminados al instante. Aunque es muy raro ver a un vivo por aquí y más verlo partir. Así que vosotros, espero que no vengáis con malas intenciones. Ojalá aterrizase por estos lares el cabrón de tu abuelo. Ya vería, ya…

-Interpreto que esto es el cielo –dio Geor.

-Te equivocas, mozalbete, esto es sólo una porción del cielo. Sabemos que el cielo tiene sus dimensiones o sus divisiones, según el comportamiento que uno haya llevado en vida en la tierra. Aunque también es cierto que existen cielos para otras especies. En fin, me marcho a ver al científico. Lo bien que lo pasamos juntos. Podéis ir tranquilamente por ahí y si queréis retozar, todo está permitido, siempre y cuando seáis puros de corazón.

-Qué moderna te has vuelto –le dijo Kurt- pero una pregunta; ¿y los hijos?

-Ni hijos ni dada, estamos estrilizados. Divinamente hablando.

-¿Estrilizados? –preguntó Geor.

-Ya te lo aclararé, no conoces el vocabulario de mi abuela –dijo Kurt.

-Y podéis comer y beber tranquilamente. El agua y la comida sobran porque llegan desde otro cielo donde los pecadores han sido condenados a trabajar continuamente, noche y día. En Nandracova todo es ocío.

 

Extracto del relato "El Buscador de Verbos" por Adolfo Marchena.

Pueden Vds. leer éste y otros relatos de Adolfo Marchena aquí.

En la imagen, un guiño a nuestro adorado Kurt.

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