No hay nada sobre la mesa.

Quisiera que hubiese una mano,

una ciudad, un fuego tímido.

Tal vez restos de comida,

de un naufragio. Esta soledad

es como un cactus sediento, en la

mitad de un sueño metálico.

De un lado a otro la pared

tiene el color de los relojes

y la metamorfosis de las agujas,

esperando nuevamente la quimera,

el refugio, el movimiento fugitivo

de una cadera cuando llueven dudas.

Texto e Imagen: Adolfo Marchena