Aquella noche, Mateo, que trabajaba martilleando un teclado durante ocho horas seguidas en una oficina del Departamento de Lacras Sociales, fiel a sus costumbres, se puso un pijama de cuadros rojos y verdes, activó la alarma del despertador y se acostó, como siempre, de costado. Los sueños, como la profesión más antigua del mundo, le trasladaron pronto a un subconsciente desprovisto de alambradas. En sus sueños aparecían seres inertes, como pulgas que sólo se limitan a descansar en el lomo de un viejo perro sin absorberle la sangre. Cuando el despertador emitió una melodía, que recordaba una vieja canción de Bob Dylan, Mateo, siempre meticuloso, abrió los ojos y contempló el techo durante escasos segundos. Pero esa mañana Mateo percibió en sus dorsales una sensación extraña, un presentimiento de que algo iba a suceder, algo distinto. Tras una ducha rápida se fue vistiendo con la ropa que la noche anterior había seleccionado, preparada sobre un pequeño diván. Ya dijimos, Mateo era muy meticuloso. Lo que más le extrañó fue que no escuchó las campanas, ni el ajetreo habitual de las mañanas. Los primeros coches que se enfundan a la carretera, ese trasto con rodillos que va arrojando agua limpiando las aceras o la música de Mozart que su vecina ponía recién se levantaba. El silencio reinaba, salvo en su interior y en ese rozar de los pantalones cuando te inclinas y levantas una pierna y luego la otra para después ajustarte el cinturón. Bajó en el ascensor desde el cuarto piso y al salir a la calle no había nadie. Sin embargo, todo se encontraba abierto, los bancos, los juzgados, los cuarteles de la policía, los comercios, los quioscos de prensa. Mateo avanzó con el fin de comprar el periódico, que siempre leía en el descanso, a la hora de la comida. Los periódicos del día reposaban sobre una estantería metálica. Pero no había nadie. Dubitativo se decidió por coger El diario matinal. Ya pagaré otro día, pensó. La oficina se encontraba cerca y entró con normalidad, sacando una tarjeta que previamente hubo de pasar por el pequeño aparato que dicta que uno es un código, simplemente. La oficina también estaba vacía. Aguardó durante dos horas. Y al ver que no acontecía nada decidió marcharse. Todo continuaba igual, salvo la naturaleza. Siempre deseó andar desnudo por la calle y hacia calor. No comprendía esas mentes que no aceptan la naturalidad de un cuerpo y piden playas privadas y llaman indecoroso al que enseña un muslo. De modo que se desnudó y se permitió ir entrando en lugares como la comisaría donde los ejecutores de la ley proclaman su poder, bajo el poder del Ministerio de Justicias Ciudadanas, donde también los jueces dictaminan no siempre la sentencia adecuada y a la vez bajo el poder de un Gobierno que se pierde en palabras y nunca hechos. Hemos de decir que Mateo vivía en un país llamado Calidoscopio. Pero cuando Mateo activaba por la tarde la televisión, comprobaba que todos los países eran Calidoscopio. Sin embargo Mateo dudaba. Y se acercó a una librería que, por supuesto, también se encontraba vacía. Cogió un carro y fue depositando libros, algo de música, un sacapuntas y un par de cuadernos. Siempre quiso escribir y ante tal panorama, como si una musa, existan o no, le hubiera poseído en su desnudez, decidió que empezaría a escribir. Por lo menos tenía una historia que contar. Mateo, desnudo, con el carro repleto y su periódico decidió regresar a casa. A punto estaba de llegar cuando todos los semáforos se encendieron. Entonces, el silencio se quebró, como enorme árbol que cae ajado por una motosierra. Y escuchó que el ascensor descendía. Y su ropa se encontraba bajo los libros, los discos, el sacapuntas, los cuadernos y el periódico. Trató de ocultarse, pero no le dio tiempo. Al abrirse la puerta del ascensor salió la anciana vecina del quinto quien también iba desnuda. Mateo ya no entendía nada. Ante tal perspectiva subió con tranquilidad a su apartamento. Nada más hubo entrado sonó el teléfono. Llamaban de la oficina.


- Le sucede algo, preguntó la secretaria del jefe, es casi la hora de comer y no sabemos nada sobre usted.

- Me he sentido indispuesto, pero me encuentro mejor. Siento no haber llamado, pero iré por la tarde y recuperaré estas horas perdidas.


Era la única posibilidad. Se había cumplido el presentimiento de Mateo. Algo, un sin sentido, paralizó todo durante escasas horas. Se sentó en el sofá, desnudo, y trató de descubrir qué podía haber sucedido. Pero hay cuestiones que no tienen explicación y sus indagaciones no le condujeron a nada. De modo que sólo le quedaba vestirse, ordenar las cosas, comer algo e irse al trabajo. Antes de salir miró por la ventana y descubrió que todo el mundo iba desnudo, también los policías, que sólo portaban un cinturón con su cartuchera y la pistola. Únicamente se le ocurrió que cualquier acontecimiento es posible en la vida y que no todo tiene explicaciones, que el argumento, en ocasiones, es una guitarra sin cuerdas, además de desafinada, y que andar desnudo por la calle, entrando y saliendo, fue el despertar de lo que, más tarde, se convertiría en un best-seller en ese país llamado Calidoscopio que, en definitiva, era otro Calidoscopio dentro del mundo y que las normas podían cambiar durante unas horas pero siempre la normalidad regresaba a todos los Calidoscopios. Ya no existía la utopía y cuando Mateo salió a la calle todo se mostraba como siempre y la policía ya iba uniformada y, al pasar por el quiosco se limitó a saludar y pagar el periódico.


Texto e imágenes: Adolfo Marchena