El deterioro que nos provocamos a nosotros mismos se sucede muchas veces de esa amalgama de pensamientos atrasados que nos infligen una parálisis temporal, al mismo tiempo que la memoria nos conduce a vías todavía no transitables. Las emociones de la memoria pueden llevarnos al desencanto o a esa euforia que delimita y provoca, tanto uno como otro, el no estar, el no ser. Lo cual nos lleva a la reconstrucción de la memoria. En ocasiones nos pasamos toda una vida esperando, si bien el sueño puede inducirnos un estado nunca en perpetuidad de preguntas sin razonamiento. Esperamos continuamente, bien sea en una estación, bien en nuestro propio cerebro. En un poema de Bukowski podemos ver que esa espera es, en sus palabras, tediosa y angustiosa: me limito a esperar lo peor/no hay nada peor que esperar,/sencillamente esperar. siempre he detestado/esperar. ¿Qué tiene esperar que lo hace tan insoportable?.

Y en este sentido, en lo que defino la reconstrucción de la memoria, la espera es causa de infinitos sentimientos, en ocasiones contradictorios. Hay quien acaba en el manicomio y quien acaba en un casino o en el peor de los casos, atándose una piedra al tobillo para arrojarse a la profundidad de un rio. No buscamos la causa íntima –no siempre-pero en general las pautas de comportamiento se extrapolan, son más bien el sentido de lo ajeno; con lo cual nuestra memoria retiene mínimas porciones de lo que ha sido la historia y nuestra propia vivencia que, en definitiva, determina la historia. Carecemos de la balanza que equilibre nuestra memoria, lo que nos conduce, también, a pensar en el sentimiento. Un término que resulta contradictorio según la etimología que pretendamos darle u otorgarle.

Ese temblor de piernas
cuando busco entre los neumáticos
los barcos que se alejaron en busca
de aquellas tierras desconocidas
donde las especies evolucionaban,
el temblor de un hacha que retumba
en un bosque de memorias olvidadas
y pienso que no existo, que soy
parte de un puzzle incompleto
y quiero adentrarme en el escote
de una luna que siempre permanece
llena, como un caballo desbocado.

Es por eso que siempre buscamos un refugio que no altere nuestros sentidos, que no modifique nuestras pautas de comportamiento. En mi caso la creación supone la reconstrucción de mi memoria. Pero no siempre es válido. No solamente me aferro a una rama Las ciudades, los pueblos, las aldeas, constantemente sustituyen los adoquines, instalan, derriban y nosotros, del mismo modo somos ciudades, pueblos y aldeas. Si bien es cierto que lo bien edificado ha de permanecer intacto. Y es en definitiva que la reconstrucción de la memoria ha de ser tenida en cuenta siempre que una gárgola vaya a caer sobre la cabeza de una anciana o una sanguijuela (como muchos escritores) se nos pegue al brazo.

Todo ello me conduce a la conclusión de que la realidad es un arte invisible, en ocasiones inservible pues suponemos que todo lo que vemos es real. Si escribo o pinto es por salvaguardar el estado de mi memoria. Del mismo modo que uno puede tejer esculturas con cucarachas incendiarias o elaborar pan con escayola. Tal vez no quede claro, pero de lo que se trata es de que la mente produzca algo más que sustancias venenosas. Simplemente observar cómo se suceden los imperios. Y no pretendo un acto demagógico, para eso están los psicólogos y los psiquiatras. Sólo digo que la palabra nos puede conducir a la reconstrucción de la memoria. O de otra manera, la palabra no sólo ocupa un lugar en el diccionario. Existen otros gestos


Texto e imagen: Adolfo Marchena