Al final la infantil niña, no tan infantil, dejó de jugar en el parque porque todos los niños y algunas niñas sólo querían ver el color de sus bragas. Y se hartó y se fue a la orilla del río, se desnudó y se adentró en las aguas. Sólo un perro merodeaba. Nadie supo el color ni del perro ni de nadie. Y el tiempo que dicen inexorable transformó a la niña en una puta reina. Y los columpios dejaron de tener color, se hicieron óxido. Una buena venganza con la que azotar a un rico empresario, a un conductor impúdico o a una señora a falta de sensualidad. Ella era la reina. Y vivía con el color de aquellas bragas quemadas, salvo una. Ahorró lo suficiente y pensó, se dedicó, sólo, a viajar. Por el mundo, que si es pequeño, nos lanza monedas. Conocer lugares olvidándose de las personas que ya le aburrían. Fetichistas del habla. Se cansó, nada más, de hombres y mujeres. Pero siempre que viajaba buscaba un río donde bañarse, ante la presencia lejana de un perro abandonado. Pensando que, algún día, daría la vuelta al mundo en un velero con sus últimas y guardadas bragas colgadas como bandera.

Texto, imágenes y obra pictórica: Adolfo Marchena