• Deserto de quienes nos hablan de la guerra como un buen libro.

  • Deserto de los escritores que afirman haber escrito un buen libro.

  • Deserto de las conversaciones inútiles, que casi todas, y me cojo un buen libro.

  • Deserto de las plañideras que no saben leer y sólo llorar.

  • Deserto de todas las siglas que nos llevan al rencor. Y recomiendo leer libros que no contengan siglas.

  • Deserto, por último, de todo aquello que nos impide ser nosotros mismos, sin libros que nos digan cuando debemos dormirnos.

  • Así que deserto de casi todo lo viviente, no de la vida, pero admito que existan personas que se meen en las normas (y no en las alfombras).

  • Porque deserto de que no me dejen fumar en los váteres de los tranvías.

  • Deserto, en fin, de todo lo que ya no me provoca una emoción o un orgasmo de cualquier tipo porque al fin y a cabo se trata de echarle imaginación.

  • Y ASÍ DESERTAMOS DE TODO, menos de una cebra que pasa el paso peatones.

Texto e imagen: Adolfo Marchena