Uno quisiera saber si existe bajo la misma apariencia. No importa el sentimiento en ese momento, ni la manera de pensar, ni el equilibrio en una nube de asfalto, geométrica como un hueso que nos apoya al caminar. Un hombre y una mujer igualmente sostenidos por un fino hilo de cobre, atravesando un río a lo largo de un grueso tronco. Los destinos paralelos sin la distancia que supone creerse las leyes advenedizas que preconizan finales inciertos. Terribles acontecimientos, las de aquellos seres asesinados por clamar una verdad o defenderla, simplemente.

La mujer lava, el hombre lava. La colada, el cuerpo, la mente. Se desparraman los frutos enérgicos del habla y una vendimia de sucesos que se aproximan. Uno a otro se frotan la conciencia. Un microcosmos que mitiga toda sed y calma toda culpa. En el exterior los taxis recorren las calles, toman los desvíos, se detienen ante un semáforo. Los bares son frecuentados por turistas que buscan el descanso después de haber fotografiado iglesias y pintores que mezclaban colores en la paleta.

El color adquiere tonalidades en las pupilas. Cuando todo se encuentra en orden parece que el mundo se detiene. Pero el mundo conserva sus reglas. Humanamente es imposible que el laboratorio deje de existir. Con sus alambiques y esa puesta en escena que adquiere la tonalidad de los campos difusos en una siega a destiempo. Aquello que nunca se escribió en los libros de historia. Mientras tanto permanecen aspectos que nos convierten en lobos y el filósofo toma la palabra, Hobbes, recobra un sentido. Mujeres quemadas en una fábrica, gases en la trinchera, una bomba que se expande como una plaga bíblica.

Consecuencia de una orden. Ejecutamos para no retroceder jamás. Para añadir a la historia un porcentaje de nuestro derroche, de esa víscera sangrante ante la que alguien pidió paz, piedad y perdón. En ese momento el silencio es una voluta de ingratitud. Un misterio que el cerebro absorbe como el agua las alcantarillas. La humanidad en ese declive hacia la palabra no escrita, hacia el silencio de las cosas y las causas.

Pero uno forja la revolución y dos la consuman. El hombre y la mujer se sientan sobre un sofá estampado. Llaman a la puerta pero no abren. Es tarde y no esperan visita. Pudiera ser una urgencia pero no insisten. Y en esa soledad compartida se estrechan frente a un televisor apagado que en esos momentos forma parte del mobiliario. Pudiera ser una tortuga, una tenaza, una mano disecada o el pensamiento hecho cristal de un dios abandonado.

Abandonamos los principios porque un contrato nos exige que la prioridad es sobrevivir a costa incluso de nuestra propia existencia, de quienes nos rodean. Ignorando que la felicidad es caprichosa como el pétalo de una flor. No ocupa el lugar de una discusión que concluye a puñetazos. Menos espaciosa que una avenida en pleno centro de Nueva York. Construyendo de cara al cielo porque de cara a los lados podríamos desplazarnos hacia los lagos, hacia las montañas, hacia los bosques. No conviene, no. Los zoológicos necesitan sus barrotes gruesos, barrotes que no puedan ser traspasados.

El hombre y la mujer deciden retirarse a la habitación. Tan de su gusto. Miraron revistas de decoración. Estilos clásicos, orientales, modernos. Pero finalmente decidieron salir y escoger según sus propios gustos. Tonos sepias, un cuadro de Braque, un futón apoyado sobre unos tablones rígidos, mesillas bajas, luces indirectas. Todo aquello que se desea en el momento que se desea. Se desvisten con naturalidad. Con esa naturalidad que Henry Miller tenía pero nunca supieron entender. O no quisieron. Por eso estuvo prohibido durante cuatro décadas por una sociedad puritana y grupos feministas que no supieron entender que no mancillaba sino que mostraba una realidad, una evidencia. Erica Jong lo supo entender. Y surgió el diablo anda suelto.

Los extremismos conducen a crucificar a aquellos que manifiestan verdades. Si la verdad triunfase la tierra dejaría de girar. Pero basta con que unos pocos entiendan que la lucha por la supervivencia consiste en dormirse placidamente, noche tras noche, apagando la luz, sin que el interruptor dé calambre. Incluso un mendigo bajo su trozo de cartón puede percibir esa sensación. Las pesadillas persiguen a quienes optan por el camino de la traición o la infamia. El camino es largo. La duda puede ser un crepúsculo o un atardecer. La herida puede permanecer abierta o cerrarse. Arrojar la llave, dejar el gas encendido, leer la página de necrológicas. Maneras de pasar el tiempo. Cada uno escoge la táctica de su propia vida.

El hombre y la mujer están en la cama. Oscuridad. Aunque una finísima línea de luz se cuela por la ventana. Están frente a frente. Se susurran algo. Susurros que no llegamos a entender porque forman parte de su misterio. Y el misterio forma asimismo parte de la mitología de cada ser humano. Siglo XXI. Dicen: vamos a desmontarlo todo. Vamos a acabar con la Iliada, con la Odisea, con Zeus, con Sylvia Plath, con Jimi Hendrix. ¿Para qué? Crear elementos que compensen el pasado, que contrarresten nuestra cultura. El hecho evidente es el hecho creado y el susurro de nuestro hombre y nuestra mujer forma parte ya de la historia. ¿También queréis acabar con eso? Siglo XXI.

A la mañana siguiente el hombre se ha despertado antes que la mujer y le ha dejado una nota. La mujer se levanta, la lee y la guarda en su cajón. Se ducha y se marcha al trabajo, después de haber desayunado. El piso vacío es un muñeco inanimado que sin embargo tiene pila. No se perderá la ternura y los olores son como un bosque que no desaparecerá hasta que las primeras excavadoras hagan su aparición. Nada se extravía a no ser que tengas un descuido. La tentación está presente. Las alas de la muerte también. No lo olvidemos. Siglo XXI.

Una niña perdida en un gran almacén. Paralizada ante el miedo se ha detenido junto a una de las muchas escaleras mecánicas. Comienza a llorar y la gente pasa a su lado sin prestarle atención. Una guarda de seguridad se fija en ella y se acerca. La tranquiliza y se la lleva a una sala. Le sirve una bebida caliente y cuando consigue hacerla hablar y obtiene su nombre llama por megafonía, avisando de su pérdida. A los cinco minutos se presentan los padres. Explicaciones, un descuido, la niña se ha despistado. ¿Quién se ha despistado?

Todo lo ocasional parece fortuito. Hablan de la casualidad. También de la causalidad. Términos en los que pensar. Sentarnos en una mesa y charlar de ello. De filosofía, del amor, del odio, de la amistad. Pero la cuestión es que nadie se sienta a dialogar, ni siquiera del tiempo, aunque resulte aburrido. ¿Nos obligan o nos obligamos? Evadirse a un lugar, una mesa de madera y una hoguera donde elaborar un poema compartido. O bien podría tratarse de conversar sobre la Vía Láctea. A otros le gustan los toros, el deporte, los crucigramas, la penicilina, la botánica, las ciencias ocultas. Derivar en una potencia lo que ocultamos en un temor.

A media tarde, después del trabajo, el hombre y la mujer han quedado para ir a pasear, tal vez al cine. Entran en un café cuyas paredes están recubiertas de madera. Suena música de jazz. Pudiera ser Herbie Hancock, Gary Burton o Stan Getz. Aunque tampoco importa demasiado. La cuestión es que suena bien. No demasiado alto. Hay lugares en los que entras y se hace preciso gritar para entenderte. Se ponen al día. Cómo les ha ido en sus respectivos trabajos. Pero por encima. Ciertas personas se pasan el día hablando del trabajo. Salen del trabajo y hablan del trabajo. Se acuestan y hablan del trabajo. Finalmente se mueren en el trabajo. Triste porvenir. Supongo que lo hubiese dicho Céline.

Una ambulancia pasa con las luces encendidas. Detrás, un coche de policía. La gente gira la cabeza para mirar la escena. Aunque este tipo de acontecimientos sucede todos los días. Accidentes, crímenes, violaciones. Siglo XXI. Pero no somos los únicos culpables. Es una herencia que se transmite. Si se llama enfermedad pensaremos que existen enfermos. Por lo tanto habremos de pensar que existe una cura.

El hombre y la mujer planean pasar un fin de semana en la montaña. Llevan tiempo hablando de ello. Les gustaría alquilar una cabaña, llevarse unos libros, dedicarse a pescar. No es difícil en esta época del año encontrar una cabaña libre. Miran el reloj y deciden que aún les queda tiempo para acercarse a la agencia de viajes. Es un trayecto corto. Conocen al personal pues siempre que han viajado o han alquilado alguna casa lo han hecho con ellos.

Las relaciones se vuelven monótonas si uno deja que la monotonía se apodere de uno mismo. Pero también hay que tener cuidado con las trampas que la vida te tiende. Existen mil anuncios que constantemente te provocan. Te ofrecen un bienestar que luego deriva en declive. Todo conlleva un riesgo y es preciso elegir, en el momento oportuno, cuando se presenta la ocasión. ¿Qué quiero, qué es lo que realmente quiero? Si verdaderamente estás seguro, encontrarás la respuesta. Si juegas a explorar de una manera ilusoria encontraras fuegos de artificio que explotan y durante unos segundos son luminosos, deslumbrantes y conseguirán hechizarte, pero al cabo desaparecen.

Los verdaderos exploradores en realidad se buscaban a sí mismos. Aquellos que se adentraron en el África desconocida. Y no sólo aquellos que buscaron en lugares remotos. Incluso Hemingway fue un explorador. Tal vez en realidad todos lo seamos. Porque en nuestro interior todos somos ese África desconocida que aún conserva tribus inhóspitas. Mientras seamos capaces de sorprendernos –y sorprender- seguiremos siendo esos seres capaces de alimentar una leyenda, por mucho que no se escriba, o no se recuerde. Somos un paréntesis en mitad del cielo. Una estrella en el núcleo de la tierra. Sólo que algunos se empeñan en ser un simple grano en el trasero oculto de la luna.

La necesidad de ciertos humanos por complacer a los demás sin percatarse de que no están preparados. La necesidad de otros tantos de violentar porque se sienten frustrados. La necesidad de aquellos que sermonean porque necesitan encontrar una verdad. Lo que sucede en realidad es que no se han posicionado. Están fuera de lugar. Ratas de laboratorio a las que manipulan hasta que las sueltan con dos cabezas. Cuando de lo que se trata es de levantarse y vivir el día a día. Sin un ápice de temor ni desconfianza. Aunque sí prevención. Diciéndote, no voy a dañar, pero no voy a ser dañado. Voy a encontrarme, pero no voy a buscar. ¿Y qué tenemos? Un puñado de farsantes que juegan a ser lo que no son y se afilian a movimientos que muchas veces resultan peligrosos. Y cuando la manada se junta, se transforma en algo peligroso.

El hombre y la mujer han guardado los pertrechos en el coche. Deciden quién conducirá. Un acuerdo es un acuerdo. Uno a la ida, otro a la vuelta. La cabaña, casi oculta en un bosque de abetos, cercano a un lago, es pequeña y confortable. Deshacen el equipaje y se abrazan. Como diciendo, ya estamos aquí. Encienden la chimenea para caldear el ambiente. Hace un poco de frío. Como han llegado temprano deciden irse a pescar. Montan las cañas, ponen el cebo y lanzan. Y regresan con unas hermosas piezas que asarán en las brasas que ya se han formado.

La vida esta llena de contrastes. En un momento puedes estar en París y unas horas después en La Toscana. Es algo que se nos permite. Aunque también en un mismo punto te puede suceder algo inesperado. La cuestión es que nunca sabrás lo que va a suceder. El misterio del tiempo y el espacio. Tal vez sea mejor no sentarse a esperar al cartero. Puede que la carta no llegue o que el cartero se haya puesto enfermo y no hayan encontrado un sustituto.

Y nuestro hombre y nuestra mujer comen un pescado humeante, sentados frente a frente, levantando de vez en cuando la vista, mirándose a los ojos. Y en las pupilas reside un mundo de sensaciones. Una comunicación en ocasiones inalcanzable. Siempre y cuando uno quiera sentirse inalcanzable. Después fregarán los platos y se sentarán. Tal vez lean, charlen o permanezcan callados. Un minuto puede resultar un siglo como también un siglo puede resultar un minuto. Simplemente es cuestión de estar en un lugar u en otro, como en una cárcel o en una cabaña.


Texto e imágenes: Adolfo Marchena

(Perversión de las imágenes: Perrodelcielo)