LA MUJER DE SU VIDA
12 ene 07Ella también acabó en Croast Rom, como todos finalizan
un día, Samper Rast, Finish Forever o Santa Bárbara,
no importa-, pero él se empeñaba en decir, siempre
le decía: tú no morirás, al menos en mi corazón.
Pero el corazón también guarda cementerios. Es sólo
cuestión de que uno avance más que otro, es la carrera
del tiempo, la dilación que un día el poeta especulase
eterna, como un segundo que las hormigas desgastan
rozando una bola de billar. El alcalde los casó, se llamaba,
o le llamaban El Albino, y tenía la facultad de prohibir
todo aquello que pareciese justo. Así era El Albino, blanco
como la nieve y negro como el diablo -o negro como el
sueño y blanco como la calumnia-. Aunque el diablo
tiene también sus cosas buenas, al menos en los aquelarres
lo compartían, reflejado en los textos prohibidos acumulando polvo en nuestras estanterías. Cuando llegamos a la
universidad, con nuestra tonta inseguridad y nuestra
tonta presunción de niños y niñas listos, corremos a la
biblioteca a pedir, siempre a pedir los libros prohibidos.
A esta santa inquisición se le llama postmodernismo.
En fin, el pequeño hombre con gafas de culo de vaso
te mira y te dice: no, ese libro es sólo para licenciados.
¿Y qué es un licenciado?, le preguntas. Los otoños
se suceden y uno sigue sin saber qué demonios es,
precisamente, un licenciado. Y cuando te firman el título,
los libros prohibidos se han olvidado, porque prefieres
otras cosas, prefieres ya el ron con pasas, los coches
deportivos, las pantallas planas, las chaquetas acolchadas de marca italiana... Se supone que la historia es el resto
de aquellos que buscaron y encontraron un libro
amatorio, uno de esos incunables que los coleccionistas
cambian por un cuadro de Turner. Benigno es el ron,
el ron que nos desborda en la carrera, en la facultad, en la enseñanza primitiva, en el sexo que se extingue. Resulta
necesario el ron cuando la borrachera nos ahuyenta de
elixires iracundos que derriban nuestra destreza. El Albino,
que no siempre fue alcalde, acabó trabajando como bibliotecario. Todo el que da otorga y el que otorga redime. Bueno, la
cuestión es que les casó El Albino cuando era alcalde y no bibliotecario. Un hombre feliz, con aquel traje alquilado de
extraña seda –horrible, para qué negarlo- y ella tan ausente, mirando más al reloj que al retablo. La mujer de su vida,
El Albino levantando la hostia, el cámara emocionado,
la madre llorando la partida del hijo y los suegros pensando
en atiborrarse por cuenta del esposado. Comer, al fin y al
cabo, nos une y nos mata, comer nos derrota y nos hace,
comer es el gesto. La mujer de su vida. En el viaje
de novios, por tierras de Escocia, la mujer de su vida se
deshizo del traje y enterró sus miedos y desenterró sus
deseos. Un equipo de rugby rodó por su cuerpo, como una estación de esquí admitiendo las frenadas y los descalabros.
Todos, salvo el masajista, que murió en China, descansan
en Croast Rom. El novio, hace tiempo, anhela marcharse.
Pero hay lugares, aun sagrados, de los que nadie escapa...
De "En el nombre de Caín" (Adolfo Marchena)

Imagen: "Judith"por Artemisia Gentileschi (1593-1652)