Metafísica del olvido
17 mar 09
Se despertó, aun a sabiendas de que el sueño se mostraba inconcluso, apedreado, incierto como la subsistencia en el desierto, como la burla del ahorcado, como el despiste de un pájaro. La luz se proyectaba a través de la ventana como un candil enfurecido. La luz de los mosaicos, del desarraigo de la nieve que caía, la luz al borde de un precipicio de cristales, la luz embaldosada. La hora no importaba en el segundo que transcurría en ese momento. Dado a la serenidad de las cosas el presente se mostraba inhumano, el presente de las no formas cotidianas, de los despertadores deshuesados, de los almohadones de plumas rojas. El tiempo en su forma cóncava esparcía sus propios frutos, enhebraba las agujas, supuraba de mieles los caminos. Pensó en las sombras de la noche, en la luz artificial que agotaba con círculos los cristales, madejas incoloras, pesebres desencantados. Sacar un brazo para sentir el frío, para rozar el polvo de la geometría. Levantarse y escribir. Frases de consuelo hacia uno mismo, frases constipadas en la adolescencia. ¿Dónde estaba ella? No la palabra, la radiografía, el celofán, el vitriolo. Dónde estaba esa mujer que cada día tocaba el timbre de la puerta. Abrirla suponía no encontrarla, no encontrar a nadie, no difamar los templos, respirar sólo un aroma (presentirla). Sólo aroma de terraza, comunión de los reptiles, anclajes de la memoria. Dejaba en el descansillo su nombre, la mujer o su presencia, y su pereza, su ausencia y su demora. Hacía ya un año que el despertador había embarrancado y sus cuerdas se anudaban, estranguladas, conceptos de otra maquinaria.
El hombre acudía a su trabajo después de imaginar los polos secundarios, después de apagar las velas del café, después del humo de las constantes en las chimeneas de las fábricas, atesoradas de ladrillos refractarios. El quiosco era lo primero que veía, con sus faldas de periódicos. Revistas de primera línea, Maginot de la clase pudiente y los cerebros en conserva, peinados de abril, vestidos embarrados. La primera cerveza guardaba el sabor de los desiertos, las dimensiones de un eclipse. Sentirse todo y uno, en una misma proporción de guerras paralelas, imaginarias. Niños caucasianos disfrazados de francas levaduras. El estercolero quedaba a las afueras de la ciudad, tan lejos que resultaba imposible olfatear el perfume de las ratas. Los autobuses arrancaban a la puesta de sol. Neumáticos acostumbrados a rozar las mismas suelas del asfalto. El hombre se apoyaba en la barra con un cuaderno de mármol, con una pluma de fósil. Guardaba en el bolsillo de su gabán el viejo despertador inútil. Lo arrojaría bajo las ruedas de un autobús; lo internaría en una papelera, tal vez, entonces, dejase de llamar a su puerta, esa mujer desconocida y presente, con sabor a cerveza, con templanza de equilibrista, esa mujer que hacía ya un año rondaba sus mañanas y su resaca onírica.
Lo humano ante la lectura de un poema de amor, creer en el amor cuando las hojas de los libros se han almidonado, cuando las calculadoras han ahogado los dividendos, cuando los semáforos emigran a los cabarets. En el trabajo, mesa de alquitrán y silla de abecedario, el hombre colgaba el gabán como cuadro de Matisse. El despertador maceraba en el perchero, como un divorciado que reclama la presencia del sacerdote. Al hombre le olía el aliento a pulpa de cebada, a bar desinfectado. Maquinalmente certificó que toda la maquinaria se encontraba en los incendios, a las afueras. Ordenadores de un cielo gris opaco, de fósforo, de luminosidad irreversible. El destello de una vocal le recordó, al hombre, los cristales, la ventana de su cuarto, el periódico en la silla. Afuera nevaba nieve condensada, el ruido de la maquinaria, un campanario descolorido.
La noche, cuando las sirenas comienzan a tronar, cuando los pecados se cumplen, el hombre abrió una lata de eufemismos y cayó en la cuenta de que era viernes. Se acordó del despertador, lo sacó del bolsillo del gabán y lo depositó en la mesilla, como un saco de aguaceros, como témpora, mar adentro. Se acostó y encendió la luz de la mesilla. Abrió el libro de poemas de amor (metafísica del olvido), versos de aguamarina, metáforas de la carne y comprendió que no bastaba con deshacerse del despertador, trasladarlo como autómata de un lugar a otro.
Texto: Adolfo Marchena
Imagen: Matisse