La Coctelera

LO QUE HA DE SUCEDERME LO CONOZCO (*)

Allí dijeron que crecían árboles frondosos y fuentes

incansables de agua, transparente como aliento convocado

tras la huída de la niebla. Y que una extraña planta de

aspecto nacarado producía el sueño de la verdad, con sólo

tomarla cruda, tan dulces sus hojas. Pues no basta con el

deseo para regresar sin el recuerdo de las lanzas. Que de

la herida brota una y otra vez la misma sangre. Un velo

cubre nuestros ojos. Es temprano para la partida y demasiado

tarde para el descanso. El ruido se extiende por laderas y

acantilados. Somos hombres que inmortalizan el ridículo

y derriban setos de alabastro. Oh, extraña sierpe de doce

ojos y afilada lengua. No es necesaria tu presencia para el

misterio, ni siquiera tu cavernosa voz para la muerte.

 

Texto: Adolfo Marchena de "El sueño de la razón"

Imagen: Adolfo Marchena

(*) Esquilo

 

Metafísica del olvido

Se despertó, aun a sabiendas de que el sueño se mostraba inconcluso, apedreado, incierto como la subsistencia en el desierto, como la burla del ahorcado, como el despiste de un pájaro. La luz se proyectaba a través de la ventana como un candil enfurecido. La luz de los mosaicos, del desarraigo de la nieve que caía, la luz al borde de un precipicio de cristales, la luz embaldosada. La hora no importaba en el segundo que transcurría en ese momento. Dado a la serenidad de las cosas el presente se mostraba inhumano, el presente de las no formas cotidianas, de los despertadores deshuesados, de los almohadones de plumas rojas. El tiempo en su forma cóncava esparcía sus propios frutos, enhebraba las agujas, supuraba de mieles los caminos. Pensó en las sombras de la noche, en la luz artificial que agotaba con círculos los cristales, madejas incoloras, pesebres desencantados. Sacar un brazo para sentir el frío, para rozar el polvo de la geometría. Levantarse y escribir. Frases de consuelo hacia uno mismo, frases constipadas en la adolescencia. ¿Dónde estaba ella? No la palabra, la radiografía, el celofán, el vitriolo. Dónde estaba esa mujer que cada día tocaba el timbre de la puerta. Abrirla suponía no encontrarla, no encontrar a nadie, no difamar los templos, respirar sólo un aroma (presentirla). Sólo aroma de terraza, comunión de los reptiles, anclajes de la memoria. Dejaba en el descansillo su nombre, la mujer o su presencia, y su pereza, su ausencia y su demora. Hacía ya un año que el despertador había embarrancado y sus cuerdas se anudaban, estranguladas, conceptos de otra maquinaria.

El hombre acudía a su trabajo después de imaginar los polos secundarios, después de apagar las velas del café, después del humo de las constantes en las chimeneas de las fábricas, atesoradas de ladrillos refractarios. El quiosco era lo primero que veía, con sus faldas de periódicos. Revistas de primera línea, Maginot de la clase pudiente y los cerebros en conserva, peinados de abril, vestidos embarrados. La primera cerveza guardaba el sabor de los desiertos, las dimensiones de un eclipse. Sentirse todo y uno, en una misma proporción de guerras paralelas, imaginarias. Niños caucasianos disfrazados de francas levaduras. El estercolero quedaba a las afueras de la ciudad, tan lejos que resultaba imposible olfatear el perfume de las ratas. Los autobuses arrancaban a la puesta de sol. Neumáticos acostumbrados a rozar las mismas suelas del asfalto. El hombre se apoyaba en la barra con un cuaderno de mármol, con una pluma de fósil. Guardaba en el bolsillo de su gabán el viejo despertador inútil. Lo arrojaría bajo las ruedas de un autobús; lo internaría en una papelera, tal vez, entonces, dejase de llamar a su puerta, esa mujer desconocida y presente, con sabor a cerveza, con templanza de equilibrista, esa mujer que hacía ya un año rondaba sus mañanas y su resaca onírica.

Lo humano ante la lectura de un poema de amor, creer en el amor cuando las hojas de los libros se han almidonado, cuando las calculadoras han ahogado los dividendos, cuando los semáforos emigran a los cabarets. En el trabajo, mesa de alquitrán y silla de abecedario, el hombre colgaba el gabán como cuadro de Matisse. El despertador maceraba en el perchero, como un divorciado que reclama la presencia del sacerdote. Al hombre le olía el aliento a pulpa de cebada, a bar desinfectado. Maquinalmente certificó que toda la maquinaria se encontraba en los incendios, a las afueras. Ordenadores de un cielo gris opaco, de fósforo, de luminosidad irreversible. El destello de una vocal le recordó, al hombre, los cristales, la ventana de su cuarto, el periódico en la silla. Afuera nevaba nieve condensada, el ruido de la maquinaria, un campanario descolorido.

La noche, cuando las sirenas comienzan a tronar, cuando los pecados se cumplen, el hombre abrió una lata de eufemismos y cayó en la cuenta de que era viernes. Se acordó del despertador, lo sacó del bolsillo del gabán y lo depositó en la mesilla, como un saco de aguaceros, como témpora, mar adentro. Se acostó y encendió la luz de la mesilla. Abrió el libro de poemas de amor (metafísica del olvido), versos de aguamarina, metáforas de la carne y comprendió que no bastaba con deshacerse del despertador, trasladarlo como autómata de un lugar a otro.

Texto: Adolfo Marchena

Imagen: Matisse

Juegas con olvido las cosas las pequenas

 

 

Juegas con el olvido de las cosas

De las pequeñas causas que derivaron

En playas. Espuma en las farolas,

Espejos en el reverso de las manos,

Minotauros fumando en las tabernas.

Juzgas el presente como una manopla

Vieja, como una rapsodia sin atril.

Queda el oscuro túnel de la memoria

Incendiando las suelas de las botas.

 

Texto e Imagen: Adolfo Marchena

Olas agotadas

 

 

 

Olas agotadas en el ensueño

de la programación televisiva,

saltos de agua como ollas

hirviendo en la jaula de los monos.

Somos menos que accesos,

planificaciones descontentas,

somos el eco de un nenúfar

en la estación de las demoras.

 

 

Texto e Imagen: Adolfo Marchena

De momento la calma

De momento la calma.

El instante del sueño.

Un suave parpadeo

en gasolineras sin surtidores.

Tan callado como la duda.

Chiquillos fantaseando.

Ilusión en el recodo.

Todo aquello que nos falta.

Como hubo un tiempo

de alimentos y de prendas.

Pero sobrevino el futuro.

Siempre llega el futuro.

Texto e Imagen: Adolfo Marchena (De lejos, la derrota)

EL BUSCADOR DE VERBOS.

Kurt y Geor aparcaron la nave espacial a las afueras de la ciudad flotante de Nandracova y se encaminaron hacia el centro. Un río de aguas tibias flanqueaba el oeste y observaron los primeros edificios pintados en azul y rojo, sin ventanas. La gente les miraba con curiosidad y esbozaban una sonrisa. Los más pequeños se carcajeaban y lloraban en caudales verdes.

-Todo el mundo parece feliz –dijo Kurt.

-Es cierto. Diría que en esta ciudad no rigen las leyes.

-¿Qué dice nuestro mapa de navegación?

-Sólo figura un asteroide, Nandrocova. Pero no dice nada acerca de la ciudad.

-Qué extraño. No te lo vas a creer, Geor, pero aquella anciana que siega el césped es mi abuela.

-Pero si tu abuela murió hace dos años. Recuerdo el funeral –de tal manera que llegaron hasta ella. Las personas no parecían tener misión ni profesión concreta. Anarquía sin estereotipos. La gente tomaba las cosas y éstas volvían a reproducirse al instante; algunos ociosos leían, otros fornicaban en las calles.

-También tienes que encontrarme aquí, no me dejarás tranquila ni muerta –le dijo su abuela.

-No era mi intencíón, abuela. Y se puede saber qué haces aquí. Se supone que moriste hace dos años.

-Y así fue, bien que te vi en el entierro. Te lo creas o no, contemplé ese túnel anaranjado del que tanto hablan y me trasladé, o me trasladaron, no lo sé, a este pedazo de cielo. Aquí vivimos los muertos, menos vosotros dos. No sé cómo habéis llegado.

-Yo os veo bien vivos. Si fuera como dices, abuela, cómo es que mi amigo y yo estamos hablando contigo.

-Atontao. Los vivos, si vienen con malas intenciones son fulminados al instante. Aunque es muy raro ver a un vivo por aquí y más verlo partir. Así que vosotros, espero que no vengáis con malas intenciones. Ojalá aterrizase por estos lares el cabrón de tu abuelo. Ya vería, ya…

-Interpreto que esto es el cielo –dio Geor.

-Te equivocas, mozalbete, esto es sólo una porción del cielo. Sabemos que el cielo tiene sus dimensiones o sus divisiones, según el comportamiento que uno haya llevado en vida en la tierra. Aunque también es cierto que existen cielos para otras especies. En fin, me marcho a ver al científico. Lo bien que lo pasamos juntos. Podéis ir tranquilamente por ahí y si queréis retozar, todo está permitido, siempre y cuando seáis puros de corazón.

-Qué moderna te has vuelto –le dijo Kurt- pero una pregunta; ¿y los hijos?

-Ni hijos ni dada, estamos estrilizados. Divinamente hablando.

-¿Estrilizados? –preguntó Geor.

-Ya te lo aclararé, no conoces el vocabulario de mi abuela –dijo Kurt.

-Y podéis comer y beber tranquilamente. El agua y la comida sobran porque llegan desde otro cielo donde los pecadores han sido condenados a trabajar continuamente, noche y día. En Nandracova todo es ocío.

 

Extracto del relato "El Buscador de Verbos" por Adolfo Marchena.

Pueden Vds. leer éste y otros relatos de Adolfo Marchena aquí.

En la imagen, un guiño a nuestro adorado Kurt.

Más personas en contra de la pena de muerte aquí.

ALGUIEN LEE EN DORMUND

Alguien lee en Dormund pequeños artículos. Condensación de palabras. El humo se filtra entre las páginas. Diríase que se trata de un cerebro agrietado, el libro. Alguien lee en Dormund con un esguince de tobillo. Llega el conversador de las peceras y saluda. Lo más cerca que estuvieron de Africa es un plano amarillento del siglo XVII. Pudo ser ayer, cuando a las bombas de racimo les aplicaban el término “daños colaterales”. Lo más cerca que estuvieron de la jungla fue en un documental sobre la guerrilla castrista. Pudo ser ayer, cuando cinco señoras comparaban precios. Sardinas frescas y solomillo de primera. El humo lo condensa todo; el del tabaco y el del café. La camarera siempre pone, en plato aparte, un trozo de bizcocho. Alguien ha dejado de leer en Dormund pequeños artículos y conversa con el hombre de las peceras. El hombre del esguince muestra su tobillo al mundo. También son efectos colaterales; una puta alcantarilla desencajada sobre las baldosas de una ciudad del siglo XVII, mentalidad europea y chaqué de entreguerras (lo llaman crisis). El hombre de las peceras y el hombre de los pequeños artículos se despiden mientras los operarios buscan la alcantarilla desencajada sobre las baldosas de una ciudad…

Texto e Imagen: Adolfo Marchena

Reflexiones cíclicas

La necesidad de que no tiemblen las ramas cuando la hojarasca se mece.

Baja el río, en la constante cíclica del porvenir.

Un enfermo de hachas en la cadera, de insomnios indelebles.

La palabra meces todas las cosas defectuosas, perfectas, la ambigua necesidad de ser entre los campos de trigo.

Texto e Imagen: Adolfo Marchena